ni Cupido, ni Tinder, ni Máscaras

Hace 18 años, el psicólogo Arthur Aron consiguió que dos extraños se enamoraran en su laboratorio con 36 preguntas. Bajo el hechizo de Cupido, Daniel Arrow quiso probarlo. Localizó el test en Google y recreó el escenario en Tinder. Chateando con Helen Heart, Daniel encontró al fin una idea original para la primera cita. Se encontarían en el Museo Correr de la Piazza di San Marco. Cada uno llevaría puesta una máscara veneciana y el cuestionario contestado. En silencio, se intercambiarían las respuestas. Una vez leídas, se quitarían las máscaras y se mirarían fijamente a los ojos durante 4 minutos, tal y como proponía el experimento. Así lo acordaron y así lo hicieron.



Helen llevó una máscara Colombina y Daniel una Arlequín. Tal coincidencia anunciaba la posibilidad de convertirse en amantes como los personajes de la Comedia del Arte del siglo XVI. Leyeron las respuestas respectivas y de inmediato se dieron cuenta que Cupido y Tinder habían escondido la verdad sobre ellos mismos más tiempo que una fiesta de carnaval en Venecia. Acto seguido, se quitaron las máscaras y fijaron sus miradas cronometradas el uno en el otro. Entonces, la realidad se esclareció. Helen, no tenía nada de inocente como Daniel creía, era una mujer fatal experta en conspiraciones. Daniel no era el galán ingenuo que Helen esperaba, sino un tipo astuto que no lobraba salir de su miseria. Nada como los psicólogos para los temas del amor. Daniel reclamó a Cupido y a Tinder y se citó con Arthur Aron en su laboratorio, confiando en que algún día le sucedería como a la pareja del experimento, todavía felizmente unida.