Ya no es perfecta ni quiere serlo

El móvil sonó inesperadamente. Un whatsapp. De él. Dos meses sin noticias. Ahora que dejó de tenerle en mente aparecía en pantalla. Hola, me gustaría verte. El corazón en el sitio y el estómago en calma. No daba crédito. Pulsaciones y grados centígrados estables. ¿Qué es lo que ha cambiado? Repasó su cuerpo con la respiración. De abajo a arriba. De arriba a abajo. Todo en orden. Se sentía tranquila y en paz. Las psicoterapia ha resultado. Se expuso a la prueba definitiva y contestó. Ok! mañana a las 5, café, en P...  .



Había dejado de usar los zapatos de la perfección. Esos de tacón con ocho centímetros de miedos. Miedo a no gustar. Miedo a que no la quieran. Miedo a estar sola. Miedo a dar un paso. Miedo a no darlo. Miedo a fracasar. Miedo a soñar. Miedo a que la quieran (tal cual es). En ocho sesiones de psicoterapia aprendió a pisar la realidad. Dejó de tener los ojos embarrados, la mandíbula apretada y el ánimo en paro. A base de zapato plano, lo subjetivo se hizo objetivo. Ya no quería ser perfecta para sentirse amada. Ahora ella era real.  

Poco antes del encuentro, sonriendo para sus adentros, se puso unas chanclas. Avanzó la distancia de una calle hacia el café. Con el cuerpo firme, las emociones serenas y la mente despejada entró. Se sentó delante de él. Y, entonces, se gustó por primera vez.